lunes, 28 de abril de 2014

Things get damaged... Things get broken

Venía de tener un encuentro con Patricio, mi ex. Fue mi último pololo hace más de 4 años; a pesar de que no prosperó nuestra relación amorosa, siempre hemos tenido una relación muy buena y ha perdurado nuestra amistad y complicidad. Después de ponernos al día sobre sus periplos y proyectos y de contarle sobre qué va mi vida, se me ocurrió comentarle sobre Andrés. Andrés es escritor, se encuentra en sus finales 20 y es una persona bastante interesante. Patricio me preguntaba qué pasaba, pues cuando le contaba sobre Andrés no tenía una sonrisa en la cara o una expresión de felicidad.



- "Estás como apagada. Se te va la sonrisa ¿Estái segura que te sientes bien con él?"

- Puta, en realidad... ¡No sé! Es que todo, de hace un par de días acá, ha estado muy raro. No me encaja, no me calza, no me tiene tranquila. Tú me conoces, no soy enrollada ni algo por el estilo, pero mi instinto me dice que esto, con Andrés, no irá pa' ningún lado. 

- "¿Y qué esperai? Sé que no te tinca, ya te había leído indecisa hace un par de días atrás. No te convence, ese es el tema."

- Y sí, tienes razón. No me convence, no creo, no, no, no y no. Simplemente no. Es como cuando armai un rompe cabeza y, de ir bien, se arma, pero acá no... Somos piezas nada que ver. Y conste, cedí, cedí en mis prejuicios, cedí. Tú sabes lo que me pasa con los artistas...


- "¡Pfff! Seguro no lo sabré..."


Era tarde y Patricio debía descansar y yo volver a casa. Ya caminando y dando vueltas al asunto sobre Andrés, el celular me envía la notificación que me hablan por Gtalk ¡Era él! Pero estaba contrariada, sabía que ese "Hola" suyo vendría acompañado por alguna conversación rara. Dos segundos antes de que él me hablase, le envié un -pretérito- SMS. En fin, la conversación no fue muy bonita ni tuvo un final más allá de un "Adiós" por su parte y, por la mía, desidia implícita en mi silencio.


- Pero... ¡Te he extrañado tanto!

- "Mm... Ese es el problema: he pensado harto en ti estos días pero, si te soy sincero, no te he extrañado"


¡Hueón! Una criando calma y paciencia con el tipo y él me sale con semejante hueá ¿Qué carajo le pasa? Loco, por lo menos, di algo de buena crianza pero, con lo poco que conocí a Andrés, me percaté que el tipo no tiene más interés de preocupación que él mismo (aunque le hace falta aprender a cuidarse en verdad). Esto no termina aquí, sigue:


- Esta bueno saberlo. Así sabré en que terreno estoy.

- "Sí, lamento tener que decírtelo de esta manera (virtual), pero que lo supieras tan pronto como yo. Me carga esa "piedad" de no decir las cosas hasta estar en vivo; es peor llegar a una conversa en persona e ir con otra onda na' que ver."



¿Sabes qué? En realidad, con esa frase, me llené de cólera. No fue otra hueá: era cólera. Me enchuché. Respondí lo primero que se vino a mi cabeza (dentro de mis cuajos de pensamientos ya había algo estructurado, algo previo, nada definido) y resultó que detonó todo y ¡Paf!. Listo. Era esta historia.

Sería falaz decir que me proyecté, que recree toda una historia de amor idílica y que mi papel sería ahora oscilar entre Dulcinea y Usagi Tsukino… Pero me gustaba, algo en él me hacía ceder tanto y sonreír aún más. Supongo que era su cabellera que era tres veces más larga que la mía o sus detalles. Para mi cumpleaños me regaló un libro bastante interesante (y los que me conocen, saben que regalarme libros es un “tema país”) y nuestro primer beso ¡Qué patética me siento escribiendo esta hueá! Pero el chiste de todo es que el tipo supo hacerla y forjar un ambiente bonito. Lamento, completa y enteramente, que esta historia no prosperara ni para efectos de mi vida ni para nutrir este blog de otra entrada. Habría sido interesante (aunque ni tanto, porque cuando hablaba de epistemología no enganchábamos mucho, que digamos).

En fin, el tema es que debía contar esto ¿a quién? A… ¡Pedro! Claro, si él sabe todo, cada paso, respiro y las cotidianidades. Y, como siempre le dije a Pedro -vía whatsapp- con mi característica grandilocuencia: "SE ACABÓ ESTA HUEÁ". Y él me responde: "¿Qué pasó ahora?". Y ahí narré todo lo anterior. 


- "No sé por qué intentaste seguir y no cortar la otra vez, cuando te lo dije."

- ¿Y tú jurai que las cosas las hago así, en forma somera sin dar lo mejor de mi hasta el último?

- "Se me olvida, sólo a veces, lo dura de mollera que eres."

- Es lo que hay, Pedrito, es lo que hay.

-"¿Escribirás algo en el blog? Quiero leer cómo le echas mierda al tipo... Tú sabes, nunca me gustó para ti y humillar te queda tan bien."

-  No sé, en realidad, no sé. Ya dije mucho por ese chat de Gtalk y escribir ahora dejaría un poco la cagá.

-   “Tú verás, tú sabes tus tiempos…”

(Leer esas palabras de Pedro, me hace recordar que somos tan iguales…)

¿Qué me queda de esto? En realidad, refuerzo lo que aprendí antes con otro escritor: No vale la pena meterse en un mundo en el cual, la primacía de la soledad y de las letras no se puede destronar. Se puede amar al escritor, con frenesí y entrega devota, pero él continuará ensimismado en su universo paralelo, en sus pasos de fantasías y en las narrativas que bañan su alma de utopías. A ellos, a ellos nada los consuela ni mantiene satisfechos, ni su más grande narcisismo ni egoísmo puede mantenerlos en un espectro de equilibrio. Ellos son todo ¿y los demás? La nada.

jueves, 24 de abril de 2014

I hope he never let me down again.-

(En pos de querer humanizar un blog, enunciaré que había escrito una entrada genial, pero la aplicación del teléfono no me acompañó y bueeeeh... No guardó todo lo que había escrito. Acá tendrán un sucedáneo de lo que esgrimí con dedicación antes)

Desde el 17 al 21 de febrero se realizó el FICIQQ. Pedro estaba contento, era parte del jurado de Documentales y, además, exhibirían una producción suya. Estábamos contentos. Sus alegrías eran las mías y viceversa. Fueron días intensos: él corría de un lugar para otro y nos comunicábamos poco. Pero estaba feliz. Lo acompañé en nuestra distancia.

No obstante, la comunicación fue menguando. Ya había pasado el FICIQQ. Pero habían cosas tensas, no entendía por qué, pero estaba. Y nosotros... ¡Nosotros sin comunicarnos! Era raro, no habíamos caído en esa dinámica antes. Dejó de hablarme y en realidad, no me gusta perturbar los espacios personales suyos, así que tampoco intenté hablarle o algo similar. Así pasaron días y hasta casi dos semanas. Ya estábamos en marzo y esto no me gustaba ¿Qué hice? Bueno, escribí un correo. Presentí que era lo más pertinente: lo podría leer una y otra vez según le acomode y responder cuándo quisiera (idealmente sería que lo hubiere respondido inmediato...), qué sé yo, así me lo plantee y así fue. Decir que fue un e-mail digno sería una farsa... 

El 17 de marzo puse la lápida.


"Pedro:

En realidad no sé cómo empezar este correo, tal vez, partiendo por decir que me hubiese encantado que fuere una carta de mi puño y letra... Pero no, para mi la letra y ese tipo de comunicación es de una intimidad profunda e inquebrantable; comprenderás que aquí ya no es así."

Claro, ya daba por perdido algo y estaba en toda la razón. El e-mail continúa con otro párrafo más íntimo, más lleno de quiebres y cuestionamientos. Todo termina en un "¿Por qué? ¿Qué ocurre?". Y la respuesta suya comienza de este modo:


"Bárbara:

No se que es lo que sucede pero si se que estoy en un periodo de cambios. Si no me he comunicado contigo desde mi último "ya" es porque he estado tratando de descifrar que me pasa y ahora que lo pienso... No se."

¡Cagamos! Si él no sabe qué mierda pasa ¿cómo lo he de saber yo? Hasta el píloro toda esta situación. Pero esto -el correo- termina así:

"Gracias por querer mi bien. Sabes que eres el motor en mi vida. Sin ti seguiría marcando el paso en la arena pero sin dejar huellas. Te debo todo. Eres mi amor. 

Pero aún no se cual es el camino que debo tomar."

Agradezco el siempre bien ponderado resultado
del motor de búsqueda de Google por estas
imágenes tan ad-hoc
Y ahí sentí que todo se fue a la mierda, que nada era justo y me hice bolita. No tenía más salida que hacerme bolita. Me importaba un carajo ser su motor de vida y cuanta huevá bonita que puso... ¡El Loco me estaba dejando en una forma, retóricamente tan bonita, que no debía dolerme! Paso en falso. Mi derecho a réplica se vio reducido a un incómodo proceso de concatenación de letras sin mayor argumento que el odio fundamentado en la desolación y en la más profunda desesperación. "¿Qué hice mal?". La pregunta que JAMÁS uno debe hacerse en estas situaciones y, con la mente alterada, las respuestas son aterradoras, te matan y fragmentan. En fin. Esto se terminó (al menos así pensé yo).

Después de ese 17 de marzo, el silencio estaba presente. Ya no me sentía acompañada ¿Han sentido ese vacío de mierda, que te ahoga y bloquea la garganta y hasta te enferma? Claro, así me dejó este tipo. Fueron días en donde, literalmente, me sentía "pa' la cagá". Qué desgracia más grande estar así y no por voluntad propia, sino, porque otro vino y estrujó todo lo que eras y ¡Paf! Todo desarticulado y sin saber de dónde agarrarme. Él era quien me sujetaba si llegaba a caer y ya no estaba. La decepción perpetró todo, impoluta la infame sobre mi cabeza y por cuanto órgano existente navegó.

¿Qué hacer? ¿Cómo hacerlo volver? (Indigno po', hueón. Indigno)... No sé, nunca lo supe hasta el día 1 de abril. Si no era por motivación mía o de él, era algo exógeno y ¡Saz! Entró a jugar la zona de subducción de las placas tectónicas de Nazca y Sudamericana. No es que agradezca el terremoto, para nada, pero acá fue clave para encontrar el punto de inflexión y la excusa perfecta para llamarlo. 

Cuento corto: lo llamé, estuvimos hablando y retomamos la comunicación. Nos propusimos ser amigos... En realidad, continuar nuestra amistad, jamás se cortó pero... En fin. Ahí estamos, como siempre, juntos-juntos y tan lejos. Comunicados y compartiéndonos la vida dentro de las limitantes que nos impone nuestro "status" actual.

¿Estamos locos? Si, así lo creo yo. Pero somos felices así (aunque no nos crean, estamos felices así).

¿Qué más les puedo decir de Pedro? Que espero que no me decepcione -de nuevo-. Sólo eso.


martes, 22 de abril de 2014

Everything counts.-

El tema de la desafección y el desarraigo, es una tónica, tal vez un tópico más recurrente de lo que yo quisiera en mi vida. Pero, en uno de los tantos viajes que he hecho en estos años, me tocó ver cómo la deconstrucción de esos conceptos era más tangible de lo esperado.
El agosto pasado tuve que ir al Norte Grande por un par de días por temas profesionales…  Sin embargo y siendo sincera, mi intensión primera era ir porque estaba él: Pedro.

Hablar de Pedro significaría extenderme en tomos, cual Diego Barros Arana, pero no, no lo quiero ni pretendo. Mi misión era ir, cobijarme un par de instantes bajo sus brazos y sentirme protegida. Creo que no fue hasta ese domingo de agosto, que comprendí lo tanto que lo amaba y lo tanto que deseaba estar con él. Según vi, sentí y viví, Pedro quería lo mismo. Quería. Ya no.

Aún mi recuerdo está pegado en la Península de Cavancha. Ahí él tomó mi cámara de fotos y un tanto imperativo me pedía que mirase el lente.

-           “Ponte ahí, sonríe…”

-          Pedro, no me gustan las fotos, pienso que me quitan el alma.

-          “No seas toooonta.” (y se reía tanto, que me daba risa. Al final, reíamos juntos de nosotros mismos).

O en la Oficina Salitrera de Humberstone:

-          “Eso, ahí… Mira hacia la ventana.”

-          ¿No crees que sería mejor sacar fotos a los edificios que a mí?

-          “Es que te ves tan bonita… No dejaría de sacarte fotos nunca.”

-          Ridículo (y las sonrisas idiotas volaban por el aire).

-          “Mira, ponte ahí, justo ahí, en ese pupitre. ¿Sabías que Gabriela Mistral hizo clases en esta escuelita?”

-          ¡Yaaaaaaaaaaaaa! ¿En serio o me estás hueviando?

-          “En serio.”

-          ¡Oh pero la hueá la raja!

-          “¿Ves?”

-          ¿Qué cosa?

-          “Que cuando estás contenta te pones tan bonita… Déjame sacarte una foto.

-          No. No hueís.


Y él insistía en fotografiarme. Incesante la fascinación que tiene por esos aparatitos y, en esa semana, si lo combinaba conmigo, creo que era su felicidad.

Repitió lo mismo cuando estuvimos en La Tirana. Debo tener una foto con la Ñusta que está en la explanada frente al templo aquel. Claro, que todo recorrido iba acompañado con sus narrativas sobre sus cortos y, en La Tirana, me contaba cómo fue el rodaje de un largometraje genial en el que él participó. Y yo ahí, lo miraba y me reía de todo lo que él decía (no digamos que eso cambia mucho hoy).
Foto que tomó Pedro en Humberstone.
Una de las pocas en donde no aparezco.

En una de las capturas que hizo en la Cavancha, salió una foto bonita, tanto así, que la tuve un tiempo en mi Facebook como perfil. Salgo con los ojos cerrados, sonriente… El alma se me fue en ella, el corazón también. He pensado que debo volver a Iquique a recuperar lo que se me quedó por allá. Según me comenta Pedro, están mis más profundas abstracciones allá, en una caja, en su dormitorio.

Cuando comencé a tener la oportunidad de tomar cuenta de las nociones de mi persona en su más profunda composición ontológica, es que me percaté que no lograba (logro) generar lazos duraderos, que puedan prolongarse por décadas y, si somos optimistas, hasta otras vidas. Pedro era la excepción al caso (él y otras pocas personas más). Ya van dos años desde que nos conocemos y aunque hemos intentado, el lazo no se logra romper. Un chicle, un mitimiti de esos que estando bajo la mesa, no se sacan.

La cosa, contertulios, es que el tipo me hizo dependiente de él. No sé cómo fue, pero así es. Con él no sé lo que es el desarraigo, la desolación, la lejanía y los quiebres. En realidad, con él, no sé lo que es estar sola. No sé lo que es dejar de querer.

A pesar de los 1.780 kilómetros de distancia que hay entre nosotros, siempre hemos declarado, por supuesto que en secreto, que no existe lejanía. No existe desafección ni desapego. No es novedad que sean las 3am o la hora que sea y que nosotros estemos hablando, como si estuviésemos de la mano, caminando por la costanera de Cavancha o Playa Brava, o por el Parque Bustamante o, más simple, compartiendo la cama. Da lo mismo el lugar, siempre estamos, nos sabemos juntos. Dudo que él sea el amor de mi vida y yo el suyo, a esta altura, sólo sé, que Pedro es mi más querido Espejo y el mejor compañero que yo pueda tener.

No lo busqué, él llegó o nos llegamos ¡Anda a saber tú! Pero acá estamos, juntos, no revueltos. Distantes y cercanos. Distantes en la medida que nos permiten los kilómetros, cercanos a cada segundo.

Nos propusimos conocernos con canas, viejos, apestosos y rancios.  Espero verlo así, sería entretenido. Él con sus cámaras, películas, documentales y cuánta cosa audiovisual pueda tener y yo, con mis libros, mi academia, investigaciones y los cartones que pueda coleccionar… La cosa, es perpetuarnos en la vida, en nuestras vidas.


… Creo que pronto deberé ir a la Península de Cavancha por más fotos.