martes, 22 de abril de 2014

Everything counts.-

El tema de la desafección y el desarraigo, es una tónica, tal vez un tópico más recurrente de lo que yo quisiera en mi vida. Pero, en uno de los tantos viajes que he hecho en estos años, me tocó ver cómo la deconstrucción de esos conceptos era más tangible de lo esperado.
El agosto pasado tuve que ir al Norte Grande por un par de días por temas profesionales…  Sin embargo y siendo sincera, mi intensión primera era ir porque estaba él: Pedro.

Hablar de Pedro significaría extenderme en tomos, cual Diego Barros Arana, pero no, no lo quiero ni pretendo. Mi misión era ir, cobijarme un par de instantes bajo sus brazos y sentirme protegida. Creo que no fue hasta ese domingo de agosto, que comprendí lo tanto que lo amaba y lo tanto que deseaba estar con él. Según vi, sentí y viví, Pedro quería lo mismo. Quería. Ya no.

Aún mi recuerdo está pegado en la Península de Cavancha. Ahí él tomó mi cámara de fotos y un tanto imperativo me pedía que mirase el lente.

-           “Ponte ahí, sonríe…”

-          Pedro, no me gustan las fotos, pienso que me quitan el alma.

-          “No seas toooonta.” (y se reía tanto, que me daba risa. Al final, reíamos juntos de nosotros mismos).

O en la Oficina Salitrera de Humberstone:

-          “Eso, ahí… Mira hacia la ventana.”

-          ¿No crees que sería mejor sacar fotos a los edificios que a mí?

-          “Es que te ves tan bonita… No dejaría de sacarte fotos nunca.”

-          Ridículo (y las sonrisas idiotas volaban por el aire).

-          “Mira, ponte ahí, justo ahí, en ese pupitre. ¿Sabías que Gabriela Mistral hizo clases en esta escuelita?”

-          ¡Yaaaaaaaaaaaaa! ¿En serio o me estás hueviando?

-          “En serio.”

-          ¡Oh pero la hueá la raja!

-          “¿Ves?”

-          ¿Qué cosa?

-          “Que cuando estás contenta te pones tan bonita… Déjame sacarte una foto.

-          No. No hueís.


Y él insistía en fotografiarme. Incesante la fascinación que tiene por esos aparatitos y, en esa semana, si lo combinaba conmigo, creo que era su felicidad.

Repitió lo mismo cuando estuvimos en La Tirana. Debo tener una foto con la Ñusta que está en la explanada frente al templo aquel. Claro, que todo recorrido iba acompañado con sus narrativas sobre sus cortos y, en La Tirana, me contaba cómo fue el rodaje de un largometraje genial en el que él participó. Y yo ahí, lo miraba y me reía de todo lo que él decía (no digamos que eso cambia mucho hoy).
Foto que tomó Pedro en Humberstone.
Una de las pocas en donde no aparezco.

En una de las capturas que hizo en la Cavancha, salió una foto bonita, tanto así, que la tuve un tiempo en mi Facebook como perfil. Salgo con los ojos cerrados, sonriente… El alma se me fue en ella, el corazón también. He pensado que debo volver a Iquique a recuperar lo que se me quedó por allá. Según me comenta Pedro, están mis más profundas abstracciones allá, en una caja, en su dormitorio.

Cuando comencé a tener la oportunidad de tomar cuenta de las nociones de mi persona en su más profunda composición ontológica, es que me percaté que no lograba (logro) generar lazos duraderos, que puedan prolongarse por décadas y, si somos optimistas, hasta otras vidas. Pedro era la excepción al caso (él y otras pocas personas más). Ya van dos años desde que nos conocemos y aunque hemos intentado, el lazo no se logra romper. Un chicle, un mitimiti de esos que estando bajo la mesa, no se sacan.

La cosa, contertulios, es que el tipo me hizo dependiente de él. No sé cómo fue, pero así es. Con él no sé lo que es el desarraigo, la desolación, la lejanía y los quiebres. En realidad, con él, no sé lo que es estar sola. No sé lo que es dejar de querer.

A pesar de los 1.780 kilómetros de distancia que hay entre nosotros, siempre hemos declarado, por supuesto que en secreto, que no existe lejanía. No existe desafección ni desapego. No es novedad que sean las 3am o la hora que sea y que nosotros estemos hablando, como si estuviésemos de la mano, caminando por la costanera de Cavancha o Playa Brava, o por el Parque Bustamante o, más simple, compartiendo la cama. Da lo mismo el lugar, siempre estamos, nos sabemos juntos. Dudo que él sea el amor de mi vida y yo el suyo, a esta altura, sólo sé, que Pedro es mi más querido Espejo y el mejor compañero que yo pueda tener.

No lo busqué, él llegó o nos llegamos ¡Anda a saber tú! Pero acá estamos, juntos, no revueltos. Distantes y cercanos. Distantes en la medida que nos permiten los kilómetros, cercanos a cada segundo.

Nos propusimos conocernos con canas, viejos, apestosos y rancios.  Espero verlo así, sería entretenido. Él con sus cámaras, películas, documentales y cuánta cosa audiovisual pueda tener y yo, con mis libros, mi academia, investigaciones y los cartones que pueda coleccionar… La cosa, es perpetuarnos en la vida, en nuestras vidas.


… Creo que pronto deberé ir a la Península de Cavancha por más fotos.


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