Venía de tener un encuentro con Patricio, mi ex. Fue mi último pololo hace
más de 4 años; a pesar de que no prosperó nuestra relación amorosa, siempre
hemos tenido una relación muy buena y ha perdurado nuestra amistad y
complicidad. Después de ponernos al día sobre sus periplos y proyectos y de
contarle sobre qué va mi vida, se me ocurrió comentarle sobre Andrés. Andrés es
escritor, se encuentra en sus finales 20 y es una persona bastante interesante.
Patricio me preguntaba qué pasaba, pues cuando le contaba sobre Andrés no tenía
una sonrisa en la cara o una expresión de felicidad.
- "Estás como
apagada. Se te va la sonrisa ¿Estái segura que te sientes bien con él?"
- Puta, en
realidad... ¡No sé! Es que todo, de hace un par de días acá, ha estado muy
raro. No me encaja, no me calza, no me tiene tranquila. Tú me conoces, no soy
enrollada ni algo por el estilo, pero mi instinto me dice que esto, con Andrés,
no irá pa' ningún lado.
- "¿Y qué
esperai? Sé que no te tinca, ya te había leído indecisa hace un par de días
atrás. No te convence, ese es el tema."
- Y sí, tienes razón.
No me convence, no creo, no, no, no y no. Simplemente no. Es como cuando armai
un rompe cabeza y, de ir bien, se arma, pero acá no... Somos piezas nada que
ver. Y conste, cedí, cedí en mis prejuicios, cedí. Tú sabes lo que me pasa con
los artistas...
- "¡Pfff! Seguro
no lo sabré..."
Era tarde y Patricio debía descansar y yo volver a casa. Ya caminando y
dando vueltas al asunto sobre Andrés, el celular me envía la notificación que
me hablan por Gtalk ¡Era él! Pero estaba contrariada, sabía que ese
"Hola" suyo vendría acompañado por alguna conversación rara. Dos
segundos antes de que él me hablase, le envié un -pretérito- SMS. En fin, la
conversación no fue muy bonita ni tuvo un final más allá de un
"Adiós" por su parte y, por la mía, desidia implícita en mi silencio.
- Pero... ¡Te he
extrañado tanto!
- "Mm... Ese es
el problema: he pensado harto en ti estos días pero, si te soy sincero, no te
he extrañado"
¡Hueón! Una criando calma y paciencia con el tipo y él me sale con
semejante hueá ¿Qué carajo le pasa? Loco, por lo menos, di algo de buena
crianza pero, con lo poco que conocí a Andrés, me percaté que el tipo no tiene
más interés de preocupación que él mismo (aunque le hace falta aprender a
cuidarse en verdad). Esto no termina aquí, sigue:
- Esta bueno saberlo.
Así sabré en que terreno estoy.
- "Sí, lamento
tener que decírtelo de esta manera (virtual), pero que lo supieras tan pronto
como yo. Me carga esa "piedad" de no decir las cosas hasta estar en
vivo; es peor llegar a una conversa en persona e ir con otra onda na' que
ver."
¿Sabes qué? En realidad, con esa frase, me llené de cólera. No fue otra
hueá: era cólera. Me enchuché. Respondí lo primero que se vino a mi cabeza
(dentro de mis cuajos de pensamientos ya había algo estructurado, algo previo,
nada definido) y resultó que detonó todo y ¡Paf!. Listo. Era esta historia.
Sería falaz decir que me proyecté, que recree toda una historia de amor
idílica y que mi papel sería ahora oscilar entre Dulcinea y Usagi Tsukino… Pero
me gustaba, algo en él me hacía ceder tanto y sonreír aún más. Supongo que era
su cabellera que era tres veces más larga que la mía o sus detalles. Para mi
cumpleaños me regaló un libro bastante interesante (y los que me conocen, saben
que regalarme libros es un “tema país”) y nuestro primer beso ¡Qué patética me
siento escribiendo esta hueá! Pero el chiste de todo es que el tipo supo
hacerla y forjar un ambiente bonito. Lamento, completa y enteramente, que esta
historia no prosperara ni para efectos de mi vida ni para nutrir este blog de
otra entrada. Habría sido interesante (aunque ni tanto, porque cuando hablaba
de epistemología no enganchábamos mucho, que digamos).
En fin, el tema es que debía contar esto ¿a quién? A… ¡Pedro! Claro, si
él sabe todo, cada paso, respiro y las cotidianidades. Y, como siempre le dije
a Pedro -vía whatsapp- con mi característica grandilocuencia: "SE ACABÓ
ESTA HUEÁ". Y él me responde: "¿Qué pasó ahora?". Y ahí narré
todo lo anterior.
- "No sé por qué
intentaste seguir y no cortar la otra vez, cuando te lo dije."
- ¿Y tú jurai que las cosas las hago así, en
forma somera sin dar lo mejor de mi hasta el último?
- "Se me olvida,
sólo a veces, lo dura de mollera que eres."
- Es lo que hay,
Pedrito, es lo que hay.
-"¿Escribirás
algo en el blog? Quiero leer cómo le echas mierda al tipo... Tú sabes, nunca me
gustó para ti y humillar te queda tan bien."
- No sé, en realidad, no
sé. Ya dije mucho por ese chat de Gtalk y escribir ahora dejaría un poco la cagá.
- “Tú verás, tú sabes
tus tiempos…”
(Leer esas palabras de Pedro, me hace recordar que somos tan iguales…)
¿Qué me queda de esto? En realidad, refuerzo lo que aprendí antes con
otro escritor: No vale la pena meterse en un mundo en el cual, la primacía de
la soledad y de las letras no se puede destronar. Se puede amar al escritor,
con frenesí y entrega devota, pero él continuará ensimismado en su universo
paralelo, en sus pasos de fantasías y en las narrativas que bañan su alma de
utopías. A ellos, a ellos nada los consuela ni mantiene satisfechos, ni su más
grande narcisismo ni egoísmo puede mantenerlos en un espectro de equilibrio.
Ellos son todo ¿y los demás? La nada.

